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CODEPENDENCIA Un Estado de Supervivencia y sus posibles salidas

Te odio con el odio de la ilusión marchita:
¡Retírate! He bebido tu cáliz, y por eso
mis labios ya no saben dónde poner tu beso;
mi carne, atormentada de goces, muere ahíta

Amado Nervo

La codependencia es en realidad un estado emocional de alerta extrema; es decir, un estado de supervivencia donde, ante la amenaza de quedarte sin aquello que tú crees que solamente el otro puede proveerte, estás dispuesto a hacer y a tolerar lo que sea.

El estado de supervivencia en las relaciones

Qué complejo puede llegar a ser una relación interpersonal, cómplice de camino, llegando incluso a ser tóxica y destructiva. Todos alguna vez hemos sentido que al lado de “alguien” hemos sacado lo peor de nosotros, nuestras más oscuras sombras y que, además, en esa relación en particular, nos hicimos e hicimos mucho daño.

¿Qué es lo que nos lleva a mostrar estos “oscuros” comportamientos con alguien en particular? ¿Realmente hay personas que sacan lo peor de nosotros?

Para responder a estas preguntas es necesario darle contexto a eso que llamamos “nuestros peores comportamientos” y observarlos por lo que realmente son: defensas primitivas que se disparan sin filtro ante algo que nos amenaza. De ser así, ¿Cómo puede una persona con la que nos relacionamos activar en nosotros una reacción defensiva de semejante magnitud?

Es importante recordar que la mente tiene 3 roles centrales: mantenernos vivos, buscar que nos reproduzcamos y cuidar de nuestras crías. Todos ellos son temas relacionados con la supervivencia. Sé que suena muy reduccionista plantearlo así; sin embargo, la mayor parte de su energía, el cerebro la emplea en estos 3 temas básicos.

Los seres humanos nacemos bastante desprotegidos y, por ende, dependemos mucho del cuidado de nuestros padres para poder sobrevivir. Realmente tardamos un número significativo de años en ser autónomos e independientes.

Las experiencias que vivimos en nuestros primeros años y las características de las personas con quienes crecimos son la clave para entender el por qué podemos llegar a considerar ciertas actitudes, comportamientos o rasgos de carácter de alguien, amenazantes o no.

Es prudente enfatizar, que no importa cuánto intentemos cuidar a un niño para que éste se sienta seguro, amado o protegido, siempre habrá algo de lo que hacemos que su mente interpretará como una amenaza a su supervivencia.

Para poder activar rápidamente nuestras defensas, aquello que nuestra mente percibió como una amenaza en nuestros primeros años de vida se quedó grabado en nuestra memoria junto con una fuerte carga emocional. 

Reflexionemos:

  1. ¿Ante qué comportamientos, actitudes o rasgos de carácter de alguien se te activan tus defensas (“te pones malito de tus nervios”), cómplice de camino?
  2. ¿Qué aprendiste que se pone en riesgo cuando el otro se comporta de esta manera?
  3. ¿Cuál es la necesidad que sientes que el otro no está atendiendo?

Las relaciones entre estos podrían ser:

Comportamiento, actitud o rasgo de carácter Necesidad desatendida o en riesgo que identifico
Indiferencia que el otro muestra ante lo que yo considero importante. Equidad y participación.
Su nulo interés en mejorar la calidad de nuestra vida. Ambición y logro, cooperación.
Sus continuas explosiones de carácter. Seguridad física y emocional.
Su siempre tener la razón. Autonomía Intelectual, Genialidad.

¿Te das cuenta de que entre más se acentúa el comportamiento, actitud o rasgo de carácter del otro, más en riesgo te sientes? Y, por ende, más vas a desplegar tus defensas. Veamos cómo es que operan entonces nuestras defensas en las relaciones y qué podemos hacer al respecto.

Arquetipos de Supervivencia: Nuestra primera línea de defensa y cómo redirigirla.

Te invito a ir a través de los 4 comportamientos básicos (arquetipos de supervivencia) que todos activamos ante aquello que nos representa una amenaza basado en lo que aprendimos en nuestras experiencias infantiles. Para poder explicarlos mejor, pondré estos comportamientos de supervivencia en personajes y hablaré de ellos como si fueran minis-mes (como en la película de Austin Powers “Golden Eye”). Estos minis-mes están más que dispuestos a defendernos cuando “alguien” despliega comportamientos y actitudes similares a los que tenían quienes en su momento sentimos nos lastimaron.

Nuestro mini-me o arquetipo de la Víctima entra a defendernos cuando tocamos temas en relación con el poder y la autoridad. En el caso específico de nuestras relaciones interpersonales, es el poder y la autoridad que le conferimos al otro, ya que muchas veces inconscientemente le nombramos como el único capaz de proporcionarnos ese satisfactor que estuvo ausente en nuestra historia. Inconscientemente le decimos al otro:

  • solo tú puedes hacerme sentir seguro;
  • solo tú sabes que vale la pena que yo participe;
  • solo tú reconoces que merezco o;
  • solo tú puedes validar que soy inteligente, etc.

Este “enorme poder” que le conferimos al otro, hace que nos sintamos muy dependientes de él o ella y, por ende, le permitiremos hacer su voluntad por encima de la nuestra, ya que no nos atreveríamos a frenarle o enfrentarle por miedo a que retire el satisfactor que solo él o ella nos puede dar.

Asumimos este rol cuando sentimos que en una relación no nos queda más que conformarnos. Entonces, suele aparecer en nosotros un ser débil e incapaz de mostrar fuerza y determinación. Usar el mini-me o arquetipo de la Víctima nos permite posicionarnos en un papel frágil, donde constantemente cedemos nuestro poder para así evitar tomar decisiones y responsabilidad y a través del cual manipulamos, generando culpa para obtener lo que necesitamos.

La Víctima requiere empoderarse. Necesita darse cuenta de que sí hay cosas que puede hacer para lograr llenar la necesidad que ha decidido satisfacer solamente a través del otro. Necesita comprender que sí está en sus manos gran parte de la solución y que, en realidad, aunque sea muy doloroso admitirlo, inconscientemente está cooperando para que esta situación de abuso, donde no hay “nada” que pueda hacer, permanezca.

En los aspectos tóxicos de tu relación interpersonal pregúntate:

  1. ¿Qué acciones conscientes o inconscientes estás haciendo que favorecen a que siempre dependas de lo que el otro haga o elija ser, para tu estar bien?
  2. ¿Qué es lo que sí está en tus manos hacer para salir victorioso (sentirme bien) en el próximo encuentro? Esto independientemente de lo que el otro haga o deje de hacer
  3. ¿De qué manera le cedes tu poder a quien has elegido sea tu victimario?
  4. ¿Qué acciones le hacen ver al otro que lo necesitas a como dé lugar?

El mini-me o arquetipo del Saboteador entra en acción cuando sentimos miedo a introducir el cambio en nuestras vidas. Este arquetipo funciona como mecanismo de conservación, buscando mantener el statu quo, es decir mantener aquello que, independientemente de que nos sea funcional o no, nos es conocido y seguro.

El Saboteador remonta sus orígenes a nuestros deseos infantiles de que nada cambie en nuestras vidas. Cuando niños, fantaseábamos con poder mantener para siempre ese paraíso infantil donde todos los demás se hacían cargo de nuestras necesidades básicas.

En las relaciones interpersonales es muy doloroso reconocer cómo inconscientemente nos saboteamos las posibilidades de cambio, incluso cuando el cambio podría representar la solución a la mayor parte de los problemas que tenemos dentro de la relación. A nuestra mente le da miedo lo que desconoce y muchas veces va a preferir repetir patrones poco sanos vs aprender a relacionarse de formas que le son completamente nuevas.

Por ejemplo, el aprender a ponerme a la distancia necesaria del peligro para sentirme seguro; el buscar ambientes y círculos sociales donde participar activamente para sentirme incluido; el asociarme con un socio ambicioso con quien crecer la empresa y sentir ambición y logro; todo esto, implica darme lo que necesito en vez de pedirle al otro estas cosas. Claro está que, si lo hago, esto cambiaría de forma definitiva la relación que tenemos hoy y eso a la vez que lo deseo, me aterra. La paradoja que alimenta al mini-me o arquetipo del Saboteador es el enorme miedo que tenemos a obtener aquello que más anhelamos.

Cuando el arquetipo del Saboteador toma el control de nuestras relaciones interpersonales, tendemos a relacionarnos una y otra vez desde donde las cosas no funcionan. La razón de insistir en algo tan poco efectivo es que, si lo hacemos distinto, tendríamos que enfrentarnos con el hecho de que nuestra relación va a cambiar profundamente.

El Saboteador no ha caído en cuenta de que todo el ingenio que usa para hacer que él mismo o los demás fracasen (con la finalidad de evitar confrontar el cambio que le amenaza) lo puede usar para hacerle frente y salir más que librado. Somos seres con una infinidad de recursos; por desgracia, cuando nos congela el miedo, sentimos que no contamos con los medios o las habilidades necesarias.

En los aspectos tóxicos de tu relación interpersonal pregúntate:

  1. ¿Qué es lo peor que crees, que te podría suceder, si haces un cambio profundo en la dinámica y tú te haces cargo de tu necesidad y aprendes a proveerte el satisfactor que anhelas? Es necesario explorar la fantasía catastrófica, es decir, explorar el miedo irracional por las consecuencias que crees que obtendrás al hacerle frente al reto o a la situación de amenaza. Esto te permite darle una dimensión a tu miedo mucho más real para poder confrontarlo en lugar de evadirlo.
  2. ¿Qué habilidades y recursos vas a necesitar y dónde los podrías obtener?
  3. ¿Qué no has intentado hacer o qué es lo que otros ya han hecho ante una situación como la tuya?

El mini-me o arquetipo de la Prostituta se activa cuando sentimos que estamos en alguna situación, donde para sobrevivir, es necesario pasar por encima de algo que nos es muy valioso. Nos sentimos forzados a empeñar o usar como moneda de cambio nuestra palabra, nuestra opinión, nuestros valores, nuestra personalidad, nuestro tiempo y a veces, hasta nuestra dignidad.

En corto, el arquetipo de la Prostituta es el mecanismo de adaptación a través del cual aprendemos a sobrevivir, pasando de ser necesario, incluso por encima de nosotros. Este comportamiento de supervivencia se da mucho en las relaciones interpersonales tóxicas (de codependencia).

En mi experiencia, éste es uno de los arquetipos más difíciles de aceptar. No sé si por la connotación negativa que hacemos de la palabra prostituta o porque todos juramos que somos fieles a nosotros mismos y que defendemos a capa y espada aquello que valoramos. Sin embargo, basta con admitir el enojo que constantemente sentimos hacia el otro por lo que “nos hace hacer”, ligado a la profunda culpa de haberlo hecho, para tener clara evidencia de que más frecuentemente de lo que nos gusta aceptar, nos relacionarnos a través de este personaje.

El miedo a que el otro se vaya, cambie o nos deje de dar lo que necesitamos que creemos solo puede provenir de él/ella, nos hace estar dispuestos a hacer cosas que jamás estaríamos dispuestos a realizar en nuestro sano juicio. Basta con echar un vistazo hacia atrás y ser muy honestos para señalar qué es todo aquello que hicimos en nuestras relaciones de lo que nos arrepentimos; no nos sentimos orgullosos; nos enoja haber llegado a ese extremo o, incluso, nos quisiéramos olvidar de ello para siempre.

Si nos acostumbramos a usar el arquetipo de la Prostituta, nos es imposible siquiera imaginar que podamos salir avante en nuestras relaciones sin hacer concesiones difíciles y transgredirnos. Nos acostumbramos a pagar precios muy altos con tal de seguir en la relación. Lograr mantener nuestra dignidad, límites sanos y autenticidad en una relación interpersonal significativa, suena a algo relativamente fácil y sin embargo no lo es, sobre todo cuando esta unión se finca en el miedo

Hacer lo que es correcto y apegarnos a valores es una decisión ética difícil de sostener cuando estamos en una relación de codependencia e inconscientemente están activas nuestras defensas de supervivencia. Necesitamos aprender a amarnos a nosotros mismos más que a cualquier otra persona. Es necesario pasar de trasgresores a impecables. Tenemos que estar dispuestos a pagar los precios que ser congruentes implica. Hay que mantener todo el tiempo un sano egoísmo. Recuerda que no hay intercambio que valga la pena hacer cuando el precio que vamos a pagar tendrá graves consecuencias que dañarán fuertemente nuestra autoestima.

En los aspectos tóxicos de tu relación interpersonal pregúntate:

  1. ¿Cuáles son los valores que no estás dispuesto a darte el lujo de negociar con ellos y por qué?
  2. ¿Cuál es el precio que estás pagando hoy y vas a pagar en el futuro por transgredir estos valores?
  3. ¿Cómo sí podrías actuar en congruencia con tus valores? ¿Cuál sería el precio a pagar por vivir bajo esta congruencia?

El mini-me o arquetipo del Niño Herido va a entrar en acción cuando nos enfrentamos en nuestras relaciones interpersonales con situaciones en las que no tenemos herramientas para hacerles frente más que aquellas que usábamos cuando éramos pequeños. Vamos a responder de formas regresivas e infantiles tales como: haciendo berrinches, aislándonos por completo, haciendo desplantes, refugiándonos en la fantasía y, en general, de formas inmaduras.

¿Te suena esto familiar en alguna relación interpersonal? No se trata de juzgar nuestro nivel de madurez, sino de admitir que en algunas relaciones simplemente nos enganchamos frecuentemente en dinámicas infantiles. Esto es un indicador que de que la relación es muy similar a alguna de nuestra infancia que no logramos manejar satisfactoriamente, y henos aquí de nuevo frente a la misma, intentando manejarla con las mismas herramientas que fueron poco efectivas en su momento y, que lo vuelven a ser ahora.

Nuestro mini-me o arquetipo del Niño Herido, al igual que un toddler, quiere lograr que le den lo que necesita exaltando estas conductas infantiles. En el fondo, lo que queremos, es que alguien “afuera” se haga cargo de esas partes que por alguna razón no lograron madurar en nosotros. En las relaciones interpersonales, esto nos lleva a patrones donde en la diada alguien lleva casi todo el tiempo el rol de mamá o de papá, y alguien lleva casi todo el tiempo el rol de hijo o hija o, en casos todavía más difíciles de manejar, a una relación entre dos niños lastimados.

Necesitamos ayudarnos a crecer y madurar en aquellas áreas de nuestra personalidad donde nos quedamos pequeños. Tenemos que ser para nosotros ese padre/madre nutricios que esperamos sean los demás, o como he expuesto en ocasiones anteriores: ser para nosotros todo aquello que nuestros padres no pudieron ser.

El trabajo de sanar a nuestro Niño Herido logra despertar nuestros potenciales lúdicos, de expresión espontánea, de adaptación al cambio, de curiosidad por aprender, y logra centrarnos más en el aquí y en el ahora; recompensas que bien vale la pena ir por ellas si queremos formar relaciones más sanas.

En los aspectos tóxicos de tu relación interpersonal pregúntate:

  1. Esta situación por la que estás pasando, ¿a qué situación pasada se parece que inconscientemente pudieses estar trayendo al presente?
  2. ¿Qué creencias elaboraste de tí a partir de esta experiencia pasada?
  3. ¿Cómo puedes ayudarle, a esa parte lastimada de tí, a crecer y cerrar ese ciclo?

Pronto estaremos dando un taller donde trabajaremos todos estos temas. Te mantendremos informado.

Un abrazo como siempre, desde el fondo del Estanque de Narciso.

Héctor Cerbón

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